Viajar a Etiopía y el sentido del tacto (2). Por Xavier Gil

Etiopia Octubre 2014 (40)

DE LA CONFUSION EN EL MERCADO NOCTURNO DE LA ETNIA MALE EN LA POBLACION DE SAWLA, AL ANDAR DESCALZO DENTRO DE LA OSCURIDAD DE LAS IGLESIAS ORTODOXAS.

En la mayoría de las grandes y pequeñas poblaciones, algún día semanal coincide con su día de mercado, lo cual hace cambiar la faz de ese lugar, transformándolo completamente, como si de un día de carnaval se tratara, en donde durante ese día esa pequeña y tranquila población se pone su máscara de día de mercado y pasa de esa serenidad a un desmedido alboroto, en un abrir y cerrar de ojos.

Ese bullicio de día de mercado en donde el trasiego del ir y venir de sus visitantes se transforma en grandes oleadas humanas que cubren todo el lugar en un vaivén constante, es todo un mundo por sí sólo.

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Si a este increíble momento de explosión de vida, de un plumazo pierde su luz natural y pasa a encontrarse en la más espesa oscuridad, el espacio que te envuelve desaparece y te encuentras perdido, sin tener clara una ubicación dentro de un entorno concreto, la situación puede superarte, esta es la sensación sensorial que puede producir entrar en el intensísimo mercado nocturno de la población de Sawla, en donde miles de personas se agolpan en la mayor oscuridad, rodeando pequeñas lámparas de aceite que ilumina a los comerciantes que exponen sus productos por el suelo del inmenso espació.

El entrar en este mercado, es como acceder a una de esas atracciones de feria, en la que los más pequeños montados en vagonetas de estridentes colores, acceden a través de una puerta en donde se atraviesa hacia la mayor de las oscuridades, con la única diferencia de que en Sawla, en lugar de encontrarte a un personaje con una ridícula mascara de bruja, dándote palos con una vieja escoba, son las miles de personas que te rodean, las que te van transportando de un lugar a otro sin saber bien, bien donde estas yendo, dado que no son tus piernas las que te transportan, ya que estas a veces no llegan a tocar ni tan siquiera el suelo. Cientos de manos, que te tocan, que te cogen las manos, te tiran del pelo con curiosidad, el sentido del tacto a flor de piel y en todo su esplendor, pero un lugar en donde los viajeros experimentados se pueden sentir superados por la situación.

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Delante del acceso a cualquiera de las iglesias ortodoxas repartidas por todo el país, hay un elemento en común que se encuentra siempre delante de esa puerta de entrada y son montones de zapatos, chanclas, zapatillas, etc, dado que no está permitido acceder al interior de ellas, con ningún tipo de calzado.

Una vez en su interior, son curiosas las sensaciones del tacto del pie ante los distintos elementos con lo que este se va enfrentado, cada uno de textura distinta y sensaciones diferentes a las habituales.

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La rugosidad de la roca, habitualmente fresca, es el primer encuentro que nuestros pies tienen de esta experiencia sensorial, un frescor que recorre nuestro sistema nervioso, ávido de llegar a nuestro cerebro, para transmitirnos un alivio placentero, el cual ayuda después de descalzarnos a que nuestro cuerpo regule su calor corporal.

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En medio de la penumbra en que se acostumbra a vivir dentro de estas iglesias, de manera brusca, nuestros pies se encuentran con una superficie muy distinta, una alfombra que cubre gran parte de su interior, mucho más cálida y mullida, por donde es muy placentero andar, con el tan sólo inconveniente de disponer de una falta total de higiene, dado que cientos de pies como los míos, han pisado este lugar durante años, dejando cada uno ellos y nunca mejor dicho, su huella.

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